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Dos caras de la misma moneda

Celso era mi abuelo materno. Febe un hermano de mi abuela paterna. A los dos les tocó vivir la misma guerra en bandos distintos, la misma guerra los trató de manera distinta: a uno le dio sesenta años más de vida para contarla; al otro le arrebató la suya al primer disparo. Mi abuelo Celso hizo la mili y casi seguido la guerra civil, en el bando de Franco. Sobrevivió y por eso puedo escribir hoy estas líneas. Mi tío abuelo Febe, militar del ejército de la República, corrió peor suerte, lo fusilaron.

Antes de la guerra

Mi abuelo solía empezar por los años convulsos que precedieron a la guerra, cuando ya ardían iglesias y corrían rumores de atentados contra el clero. Contaba una historia que se le quedó grabada para siempre. Un grupo de mineros volvía en bicicleta de Sotillos, por el camino entre Cremenes y Corniero, cuando se cruzaron con unos hombres armados que llevaban al cura. Iban a darle “paseíllo”, esa expresión que en aquellos años significaba una sola cosa. Uno de los mineros, sin bajarse siquiera de la bicicleta, les salió a el paso.

¿Dónde vais con ése, que es buen hombre? —Lo llevamos a ajusticiarlo —le respondieron—. Si respondes tu por él, te llevamos a ti también.

El minero no se amedrento. —A mí no necesitáis llevarme a ningún lado. Os voy a ver mañana en el pozo.

Eran sindicalistas extremistas, al verse reconocidos y saber que aquel hombre los vería al día siguiente en la mina, entre sus compañeros, soltaron al cura y se marcharon. Mi abuelo contaba este episodio no como una anécdota curiosa, sino como una lección. Hasta en los años más oscuros, una sola persona dispuesta a plantarse podía torcer el destino de otra.

Tres años por los montes

Cuando estalló la guerra, mi abuelo vivía en zona nacional, y sabía que mas pronto que tarde le tocaría ir. Le prometieron que, si se alistaba con ellos, se quedaría cerca, sirviendo en la retaguardia de su propia tierra. Pero la guerra duró tres años y aquellos tres años lo llevaron hasta Teruel. Allí dormían bajo la nieve, literalmente, dos capotes de cuero, uno extendido en el suelo helado y otro por encima, como toda defensa contra un frío que él describía como algo que se metía en los huesos y los congelaba. El avituallamiento llegaba lo justo para aguantar la posición, ni una migaja más. Por su preparación militar y los méritos ganados en el frente, ascendió a alférez provisional. En una avanzadilla desmontaron varios nidos de ametralladoras enemigas y se hicieron con abundante material, entre él, algunos fusiles nuevos que decidieron quedarse. Cuando los mandos superiores se enteraron de que no habían entregado todas las armas, llamaron responsable a capítulo para que diera explicaciones.

Porque tengo el mejor tirador de la bandera contestó él, sin más rodeos.

Y para demostrarlo, mandó a su tirador cortar la copa de un pino de un disparo. Lo cortó. Le pidió que repitiera la hazaña con un segundo pino, más lejos. Lo cortó también. A pesar de la demostración, los mandos les retiraron los fusiles, por fortuna la cosa no pasó de una reprimenda. Mi abuelo tenía sus propias conclusiones sobre por qué acabó ganando Franco, no fue por tener mejores medios, de eso el ejército de la República iba sobrado, sino por la preparación militar y la capacidad de desgastar al otro bando con el paso del tiempo. También recordaba que cuando se cogían prisioneros se los enviaba a la retaguardia, lejos del fragor de la línea de fuego, porque la guerra, decía, es el terreno abonado para los exaltados, y alejar a los prisioneros del frente era, muchas veces, lo único que los salvaba de un fusilamiento.

A cuenta de la guerra estuve tres años por los montes … repetía, durmiendo debajo de la nieve y viendo cosas que nunca tendría que ver nadie.

Cuando todo terminó, pidió la licenciatura forzosa por ser hijo de viuda y tener que hacerse cargo de su madre y sus hermanos. Fue ese trámite, esa circunstancia familiar, lo que le libró de que lo enviaran a Rusia con la División Azul.

Los años del hambre

La posguerra trajo su propia guerra, más silenciosa y más larga. Los vecinos de los pueblos con carros de ruedas de hierro, tirados por vacas, recorrían setenta kilómetros hasta tierra de campos para cambiar fruta o herramientas por trigo, el trigo que luego se convertiría en el pan de todo el año. Viajaban de noche, cuando tenían que atravesar un pueblo dormido, forraban las ruedas de hierro con saco de rafia para que no hicieran ruido sobre el empedrado, un truco que mantuvieron hasta que por fin llegaron las ruedas de goma. Eran tiempos de “racionamiento“, aquello que hacían tenía un nombre y una pena, el “estraperlo“. Si la Guardia Civil los sorprendía, se incautaba de todo lo que llevaran, fruto de mucho trabajo y de días de camino. Para descansar paraban siempre en las mismas casas amigas, una de ellas creo recordar, era la de la tía Sira en El Burgo Ranero. Alfredo el de Corniero, era el que mejor se orientaba y conocía los caminos, el que más mano tenía para el trabajo de la madera, el que arreglaba una rueda o un eje cuando el viaje se torcía.

La cueva del Soberón

Entre Corniero y Vozmediano, en el monte del Soberón, había una cueva habitada por republicanos que terminada la guerra oficialmente, seguían resistiendo escondidos por los montes , ” los maquis“. Una noche bajaron hasta Primajas, a casa de mi abuelo, y se llevaron toda la matanza, el fruto del sacrificio de la casa entera. En la casa solo estaban mi abuela, sus hijos y su madre. Les preguntaron en la oscuridad del portal ¿Dónde está el falangistón? .

A mi otro abuelo, Vicente le desapareció por aquellos años una novilla. Tiempo después la Guardia Civil registró la cueva de los maquis, entre los restos apareció parte de la cabeza con los cuernos intactos y mi abuelo la reconoció, era la suya. El sargento, con esa ironía seca, le dijo: El que pierde una res y encuentra las astas, no lo perdió todo. Los pastores cuando les faltaba algún animal, aprendieron a decir que habían sido los lobos. Era más sencillo y más seguro que explicar la verdad.

El puente de Valverán

En los montes de entre Asturias y León quedaron durante años reductos de resistencia republicana. Uno de esos grupos intentó volar el puente de piedra de Valverán, entre Crémenes y Valdoré, una acción que habría cortado una vía de comunicación importante. Pero se les echó encima la niebla, esa niebla espesa de los montes leoneses que borra los caminos y confunde hasta a quien los conoce de memoria, se desorientaron en las peñas de las Tarjas, cerca del Collao Grande, encima de Crémenes. Alguien los vio y dio parte al cuartel de la Guardia Civil. Salieron a detenerlos, acompañados de numerosos vecinos de Crémenes y de Corniero, y los republicanos, viéndose rodeados sin salida, se rindieron. Cuentan en el pueblo que, de haber sido hombres de mal fin, hubieran podido desatar una masacre: llevaban fusiles ametralladores y explosivos suficientes para arrasar ambos pueblos. No lo hicieron. En el momento de la detención, uno de ellos recibió un disparo de la Guardia Civil. Lo bajaron hasta Crémenes en una escalera improvisada como camilla, cargándolo entre varios por el camino.  Pidió confesión antes de morir, y así se la dieron. Lo enterraron en Crémenes, a la parte de fuera del cementerio, en esa tierra que durante décadas separó a los que la Iglesia consideraba de los suyos de los que no.

La carta de Febe

Al hermano de mi abuela, Febe, no llegué a conocerlo, pero conservo la carta manuscrita que envió a su familia para despedirse. Era militar republicano y un tirador excepcional, guardaba diplomas de tiro a doscientos metros en series limitadas, había quedado sexto en un campeonato nacional. Lo fusilaron en 1936 en La Coruña, apenas estallada la guerra, por el simple hecho de ser coherente con su cargo, con sus principios y no ponerse al servicio del levantamiento militar.

Lo que queda

Mi abuelo Celso me contó todas estas historias con un propósito muy concreto, que no se repitieran, que aprendiera a entender a quien piensa distinto. Su generación, la que hizo la guerra, la que la sufrió sin hacerla, supo después convivir en paz durante décadas, con los vecinos, con los parientes, con los que estuvieron en el otro bando.

Vivimos tiempos en los que se fomenta la confrontación como arma arrojadiza entre partidos, a veces da la sensación de que retrocedemos hacia el pasado repitiendo, sin darnos cuenta, algunos de sus peores patrones. Si algo me enseñó mi abuelo contándome esto una y otra vez, es que la memoria no sirve para reabrir heridas, sino para que no volvamos a hacérnoslas.

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