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Berrea en Corniero

La tarde se marcha por el Collado de la Horcadila antes de que caiga del todo la noche, Corniero se queda envuelto en ese silencio espeso que precede a la berrea. Septiembre ha traído el agua y el frío justo, el que hace falta para que los machos bajen de los altos y busquen a las hembras en los claros de la Sierra de los Caleros. Subo por la calle a casa mi padre cuando el cielo aún guarda un resto de luz . La luna llena ya está ahí enorme, colgada sobre la Vallina del Monte Pascual, esperando su turno como quien sabe que la noche le pertenece. El primer bramido llega solo, ronco, en las praderas del Hoyo. Después otro le responde desde el Alto la Solana, y otro más de encima las Fontaniellas, hasta que el monte entero parece respirar con esa voz antigua. No es un grito, es una advertencia, una llamada, un desafío que rueda por encima del pueblo y se pierde en la oscuridad. Con la luna ya alta, todo se vuelve plata, la hierba escarchada, el lomo de los venaos se cruzan entre las sombras y el vapor que sale de su boca al bramar. Un macho grande golpea la cornamenta contra un árbol seco y lanza su desafío hacia la otra ladera que a lo lejos le contesta. El eco de Corniero devuelve los dos bramidos convertidos en uno solo, como si el pueblo también quisiera participar de la disputa. La berrea se mezcla con los ladridos de los perros, con el rumor del río, se queda todo lo de esta noche guardado en la memoria del monte y de la gente .

Me quedo quieto, no hay nada que hacer más que escuchar. La berrea no se mira se escucha, entra por la piel bajo la luna llena como si fuera de día. El pueblo entero nos recuerda que hay una vida antigua que sigue su curso, ajena a nosotros y fiel a su propio tiempo.

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