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Primera Concentración Parcelaria

Primajas no es un pueblo grande. Nunca lo fue. Situado debajo de Peña Ramil, en terreno desigual, a la orilla de un arroyo que mira a los Mampodres, con un clima frío y recio, en los años 60 apenas contaba con una veintena de casas agrupadas en torno a la iglesia de San Justo y Pastor. Pertenece al ayuntamiento de Reyero, forma parte de ese antiguo valle que en tiempos fue ruta de paso para los monjes, que descansaban al pie del haya de “la humildad” antes de continuar hacia el monasterio de Pardomino. Un valle de pastos y caminos en herradura, donde la tierra en su mayor parte es “fuerte” pero da buenos pastos y hortalizas donde se riega.

Primajas, Valle de Reyero — Montaña de León

En Primajas, en ese paisaje entre Viego y Corniero, fue donde mi abuelo Celso decidió, a contracorriente de casi todo el pueblo, que el futuro no pasaba por seguir trabajando con una pareja de vacas. Corrían los últimos años sesenta y como en tantos pueblos de la montaña leonesa, un tractor propio era todavía una rareza , casi una excentricidad . La gente lo miraba con la misma mezcla de curiosidad y recelo con que se mira todo lo nuevo en un pueblo pequeño: «para qué quiere Celso un tractor de esos, que no entra por los caminos, si las fincas no dan para eso». Pero él, terco como buen montañés, lo tenía claro.

El Ebro 160 era el modelo mas reciente, fue de los primerísimos tractores que se vieron a la montaña de León. No hubo más de dos o tres en todo el valle de Reyero durante años. Cuando pasaba por los pueblos el ruido de ese motor, no era raro que algún vecino se asomara solo para verlo pasar, aquel armatoste rojo que hacía en una hora lo que a una pareja de vacas le llevaba toda una jornada. Bajo su capó con una mecanica heredada de los “Fordson“, latía un motor diésel de cuatro cilindros con 3.610 centímetros cúbicos, bomba lineal con inyección directa, capaz de entregar 60 caballos a 2.100 revoluciones por minuto, con un consumo de 9 litros a la hora y depósito de 60 litros. La transmisión, con bloqueo al eje trasero, ofrecía tres velocidades hacia adelante y una hacia atrás, con cortas y largas. Cifras que en un terreno irregular, con cuestas como el de Primajas, se traducían en algo muy simple: fuerza suficiente para no quedarse a medias en ninguna subida y precaución en bajadas con el remolque cargado.

Pero mi abuelo no solo trajo maquinaria nueva al valle de Reyero. Trajo también una idea en su cabeza que iba de la mano del tractor: la de juntar las tierras. Porque el problema de Primajas, como el de casi toda la montaña leonesa, no era solo la inclinación del suelo, sino su fragmentación. Cada familia tenía su hacienda repartida en decenas de parcelas diminutas, separadas por muros de piedra seca, heredadas y subdivididas generación tras generación hasta quedar reducidas a tiras de tierra apenas más anchas que un carro. Un tractor como el Ebro, con toda su fuerza, de poco servía si tenía que entrar y salir entre paredes y linderos cada cien metros, para ir de una finca a otra.

Así que Celso empezó, paciente y sin prisa, a hablar con los vecinos de compras o permutas. Cambiar una tira de tierra lejana por otra más cercana a la suya, ceder una finca a cambio de otra que agrupara la finca con la del linde, negociar con el vecino para que las parcelas dejaran de estar desperdigadas por todo el término. No siempre fue fácil: en un pueblo donde la tierra era casi sagrada y cada metro cuadrado llevaba detrás el peso de una herencia familiar, proponer intercambios levantaba recelos y alguna que otra discusión de las que se alargaban de sobremesa en sobremesa. Pero mi abuelo insistía, con la misma tozudez con la que había comprado el tractor, la alpacadora o el remolque: una finca grande decía, se alpaca con maquinaría en una mañana; diez fincas pequeñas y sueltas, en diez días.

Con los años, aquella visión suya fue dando fruto. Parcela a parcela, permuta a permuta, las fincas de la familia se fueron agrupando en parcelas más grandes y accesibles, donde el Ebro podía entrar, arar, segar o alpacar de punta a punta y salir sin caminos estrechos o saltando linderos. Otros vecinos, viendo el resultado, acabaron haciendo lo mismo, y poco a poco el mapa de las tierras de Primajas empezó a cambiar, aunque fuera despacio, como cambian las cosas en los pueblos de la montaña.

Todo esto lo viví yo de niño. Aprendí lo era aquel tractor, había que mirarle el agua y el aceite antes de arrancarlo en las frías   mañanas del invierno montañes, apretar la doble inyección, un pulsador que iba en la bomba, dar el contacto, bajar la palanca que engranaba la puesta en marcha con ese motor que tosía dos o tres veces antes de rendirse a la vida. Recuerdo la pegatina, una rueda dentada a la derecha debajo del volante “Ebro Motor Iberica otra maquina Michaisa” . Mi abuelo Celso, con la boina calada, trataba la maquinaria con el respeto silencioso que se reserva a las cosas que han demostrado su valor con los años, bajando y subiendo de Primajas a Arianes , arrastrando la cuña que había hecho para abrir la carretera en las nevadas y que pudiera llegar el camión que recogía la leche, el de Redipollos o el panadero, cuando no había quitanieves que evitasen el aislamiento del valle.

El Ebro fue, durante más de dos décadas, la columna vertebral de la ganaderia de mi abuelo Celso. Araba las tierras, las huertas ya reunidas de la mayoría de vecinos del pueblo, alpacaba la hierba y la transportaba desde los prados hasta el pajar, en más de una ocasión sacó del atolladero a algún vecino que se había quedado atascado. Mi abuelo hablaba de los caballos de fuerza de su tractor y del peso de la alpacadora con la misma naturalidad con que hablaba del tiempo, de poner agua en las cuadras, o de la última permuta con un vecino, porque para él todo formaba parte de la misma idea: modernizar el pueblo, finca a finca, con maquinaria y terreno a la vez.

Hoy, cuando paso junto a algún Ebro 160, con las ruedas deshinchadas, el metal cubierto del oxido que deja la intemperie de los inviernos leoneses , no veo solo una máquina obsoleta. Veo el mismo motor que nunca falló en la cuesta más empinada, la misma cilindrada que acarreó la hierba desde Ciguera a Primajas por aquella carretera de montaña y detrás de todo eso, la figura callada de mi abuelo Celso, que fue de los primeros en creer que aquel valle podía trabajarse de otra manera, y que confió su sustento a unas piezas de acero y a una idea de futuro.

No se equivocó en ninguna de las dos cosas.

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